El paciente con ictus sufre tras su lesión una serie de trastornos y condiciones dolorosas que afectan a la extremidad superior, las cuales son secundarias a la propia idiosincrasia de la patología que padece. Las alteraciones del control motor, del tono, de la coordinación o de la sensibilidad son características propias del paciente con ictus que le hacen más propenso a padecer desórdenes osteoarticulares y musculoesqueléticos.

Entre las más importantes destacan el hombro doloroso, una afectación referida por el 55% de los pacientes que suele debutar a las ocho semanas tras el ictus. Las razones que están detrás del hombro doloroso son varias: 1) espasticidad de la extremidad superior (causa una disminución del espacio entre la cabeza humeral y el acromion); 2) hipotonía de la musculatura (provoca dolor por puesta en tensión de las estructuras capsulares y ligamentarias); y 3) inadecuado manejo de los pacientes, por ejemplo durante las transferencias.

El hombro doloroso puede complicarse en un síndrome de dolor regional complejo caracterizado por presentar dolor y alteraciones sensitivas y vasomotoras. Cuando el síndrome de dolor regional complejo también afecta a la mano, los autores lo denominan síndrome hombro mano. El síndrome hombro mano implica a las articulaciones del hombro y la muñeca preservando al codo. La afección de las articulaciones del hombro y la muñeca, según los autores, se debe a la similitud anatómica entre las glenas humeral y antebraquial, las cuales son estructuralmente inestables pero funcionalmente muy móviles.

El desequilibrio de la musculatura del hombro, habitual en el paciente con ictus, causa alteraciones posturales que pueden explicar las condiciones dolorosas descritas. La hipertonía de músculos como el trapecio superior, el angular de la escápula y los rotadores internos (pectoral mayor y menor, subescapular, dorsal ancho y redondo mayor) causan disminución del espacio subacromial, coaptación de la cabeza humeral y restricción de la rotación externa. Del mismo modo, la hipotonía de músculos coaptadores como el supraespinoso y el deltoides, propician el incremento del espacio subacromial y la puesta en tensión de las estructuras ligamentarias (ligamentos glenohumerales, trapezoide y conoide) y tendinosas (tendón de la cabeza larga del bíceps braquial). En cualquiera de los casos, la musculatura juega un papel clave.

Los fisioterapeutas debemos ser conscientes de la presencia de estas condiciones dolorosas, entender las alteraciones posturales responsables de éstas y tratar de resolverlas restableciendo el equilibrio muscular y las relaciones entre las estructuras articulares.

Referencias

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