El lóbulo frontal, incluyendo el área premotora y la corteza motora suplementaria, juega un papel fundamental en el inicio del movimiento y en su control postural. Las conexiones descendentes con la formación reticular mesencefálica y pontobulbar hacia la medula espinal, contribuyen al control postural del movimiento por activación del tracto retículo-espinal. Del mismo modo, los comandos procedentes del cerebelo y de los ganglios basales también contribuyen al control postural, al incorporar los ajustes predictivos a las conductas motrices y organizar la secuencia de activación muscular del movimiento.

Las redes neurales entre las estructuras corticales permiten la actualización de los programas motores y la generación de ajustes posturales anticipatorios. Las aferencias somatosensoriales, vestibulares y visuales son integradas en la corteza temporoparietal, donde el esquema corporal se genera y se actualiza. Esta información corporal es transmitida a las áreas premotora y suplementaria y es utilizada para generar programas motores.  Por ejemplo, la coordinación visomotora, fundamental para sortear obstáculos o para dirigir la trayectoria en la locomoción, ocurre a través de proyecciones occipito-parieto-frontales. Del mismo modo, el procesamiento cognitivo de las aferencias por parte de áreas prefrontales (proyecciones parieto-frontales) resulta fundamental para adaptar la marcha a situaciones de concurrencia con otros tareas (mientras hablamos por teléfono o mantenemos una conversación), o bien, en entornos/contextos desconocidos.

Los programas motores una vez actualizados, son transformados en comandos motores, que son impulsados por la corteza motora primaria hacia los diferentes músculos a través del tracto corticoespinal o piramidal