El dolor ocupa un lugar importante en los objetivos de cualquier fisioterapeuta. Aliviarlo o controlarlo son propósitos frecuentes en las terapias, pues constituye uno de los motivos de consulta más comunes.

Entender el procesamiento del dolor puede ayudarnos a interpretar con más precisión las respuestas de nuestros pacientes ante este síntoma. Hay sujetos que inhiben su actividad motora y otros en los que la percepción dolorosa es mucho más intensa que en otros.

¿Dónde reside el sustrato de estas discrepancias?

Específicamente en determinadas áreas de la corteza cerebral. Por ejemplo, en la Ínsula. Como su nombre indica se trata de una isla, un área circunscrita en la cisura de Silvia, no visible en la cara externa del cerebro, al estar cubierta por otras regiones corticales que se superponen. Estas áreas superpuestas se llaman opérculas y forman parte de los lóbulos frontal, parietal y temporal. La Ínsula, concretamente las zonas posterior y media, se ha relacionado con el procesamiento del dolor agudo.

Las cortezas orbitofrontal y prefrontal dorsolateral, localizadas en el lóbulo frontal, se encargan de procesar la información nociceptiva con un carácter crónico. Además, se las relaciona con el valor afectivo negativo de un estímulo doloroso. Así mismo, se piensa que la respuesta a una experiencia dolorosa crónica puede codificarse en esta región.

Por último, la corteza cingulada, localizada en la profundidad de la corteza, próxima al cuerpo calloso, se relaciona con la atención anticipada hacia los estímulos dolorosos salientes o con la selección de la respuesta e inhibición motora ante el dolor. Además, a esta estructura se le atribuye la función de codificar cómo de desagradable es el dolor, es decir, de cómo lo calificamos.

Los fisioterapeutas debemos conocer el sustrato neuroanatómico y neurofisiológico de lo que estamos abordando en nuestros pacientes. Es importante disponer de este conocimiento, pues aporta sentido al trabajo que llevamos a cabo.