La marcha humana requiere de la interacción de gran parte de las estructuras implicadas en el control motor, desde las áreas corticales, pasando por los núcleos de la base, el cerebelo o las regiones locomotoras hipotalámicas y mesencefálicas. Para la correcta ejecución de este movimiento locomotor se precisa de la integración de la información sensorial y motora, de la planificación y del ajuste del movimiento y por supuesto, del análisis cognitivo y ejecutivo. Por tanto, en la marcha se integran muchas de las esferas que se evalúan de forma independiente en la evaluación neurológica.

Los diferentes tipos de marcha nos orientan sobre el trastorno neurológico que presenta el paciente. A continuación, exponemos algunos ejemplos:

  • Marcha hemiparética o espástica: el paciente presenta un hemicuerpo con déficit motor o paresia, camina con la extremidad superior en flexión y la extremidad inferior en extensión. Es frecuente observar un pie equino por hipertonía de los músculos flexores plantares (contacto inicial con la punta del pie). Este patrón se puede ver con frecuencia en sujetos con ictus o en niños con parálisis cerebral de tipo espástico. También en personas con Esclerosis Múltiple que presentan un lado más afecto y un patrón espástico, aunque en estos casos, la sintomatología es más amplia.
  • Marcha parkinsoniana: el paciente camina con pasos cortos y una cadencia aumentada, su postura es encorvada, con flexión de tronco, de caderas y de rodillas. Existe un braceo asimétrico y una marcada dificultad para iniciar, parar o cambiar de dirección en la marcha. En los síndromes parkinsonianos es frecuente observar también la marcha festinante. Los pacientes con este tipo de marcha caminan con el centro de gravedad adelantado, como si constantemente lo persiguieran.
  • Marcha atáxica: en afectaciones del cerebelo, la persona camina con una base de sustentación amplia, es decir, separa mucho los pies. Además, abre los brazos y trata de buscar apoyos en los objetos del entorno para asegurar su estabilidad.
  • Marcha “apráxica“: aunque el término apraxia hace alusión a la incapacidad para realizar movimientos aprendidos en ausencia de trastorno motor, este término también se emplea para definir el patrón de marcha propio de las personas con demencia. Los pacientes con marcha apráxica caminan arrastrando los pies, realizan pasos cortos y mantienen una postura en flexión de tronco y extremidades inferiores. Se paran mucho durante la locomoción, por ejemplo al hablar o ante la concurrencia de otra actividad, lo que indica deterioro de las conexiones corticales fronto-temporo-parietales, necesarias para la integración de las funciones ejecutivas con los funciones motoras, sensoriales y perceptivas.
  • Marcha en estepaje: caracterizada por un patrón con el pie caído, en flexión dorsal, por debilidad de los flexores dorsales. Se observa principalmente en el periodo de oscilación, en el cual, para evitar el arrastre el pie y la consecuente caída, el paciente compensa aumentado la flexión de rodilla y de cadera. Podemos ver este patrón en neuropatías periféricas (alteración del nervio ciático poplíteo externo) o en lesiones centrales como la Esclerosis Múltiple.
  • Marcha anadeante, tambaleante o de pato: se caracteriza por un exceso de movimiento del tronco en dirección lateral, con hiperlordosis lumbar y déficit de extensión de cadera. Es típica en los niños con distrofias musculares o en adultos que presentan patología ostearticular de la cadera.

En definitiva, la exploración de la marcha nos ofrece una información muy valiosa que nos orienta sobre el síndrome patológico que puede presentar el paciente y nos sugiere qué estructuras neuroanatómicas están alteradas. Por tanto, todo fisioterapeuta debe aprender a observar la locomoción, cuya base principal, es el ciclo de la marcha.

Podéis consultar más información sobre este tema en: Molina Carratalá. La marcha humana: biomecánica, evaluación y patología. Panamericana. 2020.